miércoles, 20 de abril de 2011

La vida diaria en prosa

Queda flotando la última bocanada de humo blanco y cierro la puerta. Camino por el centro con música en los oídos; las mismas letras que te oí cantar.
Voy a mi librería favorita, me doy cuenta en el camino que está a 2 cuadras de mi nueva casa.
Me quedo flotando unos minutos en olor a libro viejo; ayer compré uno para vos allí. Aun me sorprende y no esa nueva coincidencia, sincronía... ficha que cae en su lugar.
Salgo.
Consigo una vianda en el camino. El destino al que instintivamente me dirijo se va perfilando, mostrándose apenas.
Doblo.
El sol pega de frente. El cielo tiene un azul imposible. Tomo una callecita vieja, empieza a elevarse en el aire ese aroma puro, verde. Huele a sol.
Adelante estalla el verde del parque. Tomo un camino de adoquines; "Paseo de las artes".
Te veo a mi derecha caminando a mi lado. Ah, no, eso fue hace unos días.Cierro los ojos, y desaparecemos,
Se traza la violácea línea del río adelante. No uno, dos barcos gigantes pasan, impunes. Uno está anclado, me hace compañía mientras almuerzo y escribo.
Es un montón. La belleza del parque, el perfil de la ciudad a un lado; al otro una escena de época perfecta, con los auténticos galpones del viejo puerto. Y vos.
Mi letra casi no se entiende; tengo las manos enchastradas de comida. Soy todo eso.
No espero que vengas.

Espero que vuelvas.

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