Cuando paré de correr, me di cuenta que no había tal cosa como una persecución, o una huida.
No teníamos el miedo que creíamos tener. Había una leve incomodidad en nuestro pecho; nada más.
Corríamos por la desesperación. Estábamos desesperados por sentir algo.
No era miedo, no era tristeza, no era pena. Era la fría e inexorable necesidad de llenar el vacío. Nos refugiamos en irrealidades solo para poder perseguir algo.
Estábamos desesperados.
Porque vimos que, habiendo dejado de correr, parados rígidos, mirando suspicaces alrededor, los fantasmas seguían corriendo, zumbando a nuestros lados. Sin vernos, continuaban en su frenética carrera. ¿Hacia dónde? Ya no podíamos saberlo, porque habíamos dejado de correr. Habíamos negado esa pulsión alocada.
Pero antes, tal como ahora, estábamos desesperados.
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